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miércoles, 9 de octubre de 2024

Polos opuestos en el jazz: Anaïs Drago y Camille Bertault en el 3er Festival Eurovenezolano


El 5 de octubre, el 3er Festival de Jazz Eurovenezolano reunió a dos talentosas artistas: la innovadora violinista italiana Anaïs Drago y la carismática cantante francesa Camille Bertault. Juntas, ofrecieron un espectáculo que demostró la versatilidad del jazz actual. 

                                                                                                                                                                                                                                                                                            Ernesto Soltero


No importa cual sea la causa. Venezuela vive una crisis social, y eso desestimula la creación y la divulgación artística. La incertidumbre ante el futuro y también el factor económico se convierten en desaliento para muchos creadores y promotores. No obstante, siempre encontraremos instituciones y personas dispuestas a luchar, contra viento y marea, para lograr impulsar iniciativas culturales de calidad. Una muestra de ella es el recientemente culminado Festival Eurovenezolano de Jazz.


Durante un par de semanas tuvimos la oportunidad de ver, en la tercera edición del evento, novedosas propuestas de un género el cual, aunque hoy día se percibe cómo académico (la música clásica de los negros, cómo decía Nina Simone) sigue renovándose constantemente, probablemente por fusionarse - de manera natural- con otros estilos, cómo por ejemplo la música étnica, y adoptando además lo mejor de la tecnología aplicada al arte

Los artistas que se presentaron en esta muestra fueron pocos, pero lo que faltó en cantidad sobró en calidad. Un ejemplo lo tenemos en el recital del pasado 5 de octubre, el penúltimo de todo el ciclo, en la Asociación Cultural Humboldt de Caracas. Dos talentosas jazzistas, ambas intérpretes y compositoras, provenientes de Italia y Francia respectivamente, nos demostraron porqué han sido tomadas en cuenta por publicaciones tan prestigiosas cómo Downbeat, algo así cómo “La Biblia” de la música que practican.


Anaïs Drago y Camille Bertault representan dos polos opuestos dentro del universo jazzístico, uno con tendencia al pop y otro más experimental.

En el caso de Drago etiquetar cómo jazz al material que presentó ese día en “la Humboldt” requiere de cierto criterio subjetivo La violinista itálica se presentó de manera solitaria excluyendo la compañía de instrumentos típicos del género jazz, ayudándose con herramientas como un sampler y una pedalera con efectos de sonido. Se percibió más bien cómo un buen concierto de música electroacústica.


Cabe agregar que esta instrumentista tiene una faceta la cual, aunque vanguardista, es distinta a la presentada en Venezuela y se acerca más a lo tradicional, al incluir el acompañamiento de instrumentos cómo la batería, el saxofón o el contrabajo. Una vertiente visible en proyectos cómo Anais Drago and the Jellyfish, con influencias de gente cómo Frank Zappa o John Cage.

En el caso de su presentación en el Humboldt, nos sorprendió saber que unas piezas de estructura tan libre formaran parte de un repertorio planificado (tal cómo pudimos apreciar en su set list) aunque posiblemente en vivo sufren alguna ligera variación e incluso cambien su duración. Se trata de composiciones dónde el violín ocupa obviamente un rango protagónico, complementándose con sonidos poco convencionales generados con el mismo instrumento (golpes percusivos a las cuerdas o a la madera, por ejemplo,) los cuales se mezclan en capas junto a sonidos cómo la voz de la intérprete, gracias a artilugios electrónicos manipulados en tiempo real


El resultado es un arte sonoro muy experimental, pero fácil de escuchar, con una atmósfera etérea e hipnótica bastante agradable para el oyente, lo cual generó una fuerte ovación del público. Lamentablemente la restricción horaria tan estricta de la sala impidió a Drago regalarnos al menos una pieza adicional.

Posteriormente vino la presentación de Camille Bertault, una vocalista que ya suma cinco álbumes en su discografía y se ha hecho un nombre dentro de la escena, apareciendo incluso en medios de comunicación tan masivos cómo la revista Vogue.



En nuestra opinión la música de la cantante gala tiene suficiente gancho cómo para llegar a un público mucho más amplio. Su placa más reciente, Bonjour Moun Amour, contiene temas los cuales en ocasiones duran tan sólo un par de minutos, algo que podría facilitar su difusión en los medios comerciales. De ese álbum se extrajo más de la mitad del repertorio interpretado por Bertault en esta ocasión.


La francesa arrancó su presentación con cuatro temazos que casualmente constituyen los primeros tracks de su más reciente trabajo. El primero de ellos, titulado cómo el álbum, sonó más acústico seguramente debido a la ausencia de Christophe Minck, contrabajista francés que también ejecuta el sintetizador Moog en la grabación. Aun así, la estructura del tema se mantuvo casi en su totalidad, con un ritmo más cuadrado (más pop) lleno de adornos jazzísticos.


Algo a destacar es que Cristophe Minck no fue el único miembro ausente de la plantilla oficial de Bertault. Fady Farah y Minino Garay, encargados de los teclados y las percusiones respectivamente tampoco vinieron. No obstante, acompañantes cómo Jesús Milano, Rubén Paiva y Diego Cabrujas, talentosos ejecutantes venezolanos, dieron la talla al acoplarse perfectamente, sonando como si formaran parte del staff regular de la artista.



Quién si estuvo presente fue Julien Alour, trompetista y también pareja de la vocalista, quién adornó elegantemente las composiciones con su instrumento, haciendo un juego armónico interesante con los coros y los fraseos estilo “scat” de Bertault, una técnica la cual ella domina a la perfección y que le sirve, además, para dirigir su pequeña orquesta mediante patrones vocales llenos de ritmo y melodía. Alour también figura cómo compositor en un par de piezas.


Cabe agregar que la cantante tiene bastante dominio de la tarima. Es muy carismática al comunicarse con el público (Pese a sus limitaciones con un idioma que está aprendiendo, el español) y realiza movimientos coreográficos que delatan entrenamiento escénico. Todo eso con una voz que alcanza registros altos cuando la canción lo pide, sin intenciones de alardear. Se paseó por diversos ritmos, coqueteando incluso con sonoridades de nuestros vecinos brasileños.

Al igual que Drago, Bertault tampoco pudo obsequiarle al público más de su repertorio. Al día siguiente se presentó en la clausura del festival, junto a la agrupación del venezolano Manuel Barrios, y pudo interpretar un par de temas adicionales.



martes, 21 de noviembre de 2023

Liturgia femenina: concierto de La Conjura en el salón Aquelarre II.



Visceral, oscura, densa, ruidosa… así fue la clausura de Aquelarre II, una exposición de arte femenino que culminó con una ruidosa ceremonia.



Texto y fotos: Luna Henríquez



El Círculo de magia (Aquelarre) es una exhibición de mujeres artistas que se juntaron para mostrar sus trabajos creativos. Esta actividad,la cual cuenta ya con dos ediciones, tuvo lugar recientemente en el Raise Caracas, iniciando el 26 de octubre y culminando el pasado 12 de noviembre.

Aquelarre II fue una exposición muy heterogénea de artistas venezolanas, tales como Manuela Kruphölter, Tania Mafilito, María Helena Ruíz, Dania Bucko, Andrea D'Escriván, Blanca Haddad, Ofelia Torres, Bárbara García, Liz Bermúdez, Andrea Figueroa, Carlota Hellmund y Yetzaline León.

Una variedad de talentosas creadoras, con una diversidad de expresiones y visiones, pero con un enfoque en común: el arte como medio de expresión de las mujeres, para su conexión con la creatividad, el poder, la sabiduría y la ancestralidad femenina. Una búsqueda hacia el resurgimiento de una voz femenina que muestra sus múltiples rostros.

El evento tuvo su cierre con un concierto, el cual fue más bien un especie de ritual o ceremonia musical, que movió todas las energías y despertó a todos los seres ocultos.

El recital de clausura estuvo a cargo de la banda La Conjura

La Conjura es un grupo de dark ambient, darkwave, krautrock caraqueño, conformado por la vocalista y artista plástico Liz Bermúdez, el artista plástico y creador de música electrónica Ezequiel Pizzani y el compositor y guitarrista Kebán Frías, quienes experimentan con sonidos, sensaciones y sentimientos muy profundos e intensos.



Sonaron marcados por una misteriosa voz femenina que se desdibujaba entre tonadas similares a cantos gregorianos (o cantos de sirenas) además de ecos, sollozos, alaridos, susurros y potentes recitaciones que recuerdan a las de los poetas malditos, acompañada por texturas, así cómo ruidos saturados y psicodélicos mezclados mediante una laptop. Todo acompañado por unas distorsiones, un muro de ruidos (a veces sutil, a veces estridente) provenientes de la guitarra eléctrica y la pedalera multi-efectos.

Cada sonido parecía que se movía aislado, solitario, con vida propia. A su vez se sentían tan conectados y sincronizados cómo una manada de lob@s aullándole a la luna.

La Conjura envuelve a quienes l@s escuchan en una atmósfera extraña, oscura, densa, a la vez visceral. Sus sonidos resuenan en los cuerpos y todo el espacio, remitiendo a la caótica y convulsionada ciudad capital, a las sórdidas ruinas abandonadas de un sistema moderno que se consume y descompone. A su vez, sus sonidos nos remiten a algún tipo de culto a una diosa, a una procesión o liturgia, a una espiritualidad y una sensibilidad resistente, la cual busca refugiarse en prácticas paganas, metafísicas, poéticas, creativas, en una especie de alquimia sonora, de espíritus diversos, que se revelan y expresan su voz y poder desde las profundidades de sus entrañas, reivindicando los poderes y sabiduría de las diosas y las brujas.

Sin lugar a dudas emociona mucho que este tipo de cosas estén sucediendo en Caracas. Conmueve y alimenta mucho la esperanza de pensarse la existencia y el habitar desde otros lugares. Espero que estás iniciativas continúen gestándose en los diversos rincones de la ciudad y que sean como una onda expansiva que se reproduce para embrujar todos los espacios y territorios.



miércoles, 25 de mayo de 2022

FERNE 2022: Entre el sonido y la imagen.

 



El pasado 22 de mayo Caracas fue testigo de la tercera edición de este festival emergente dónde lo visual es tan importante como lo musical.

Fotos: Mérida Marquina

Luego de dos ediciones, con una primera presentación totalmente virtual y otra presencial en la occidental Maracaibo, teníamos muy altas expectativas respecto a la tercera entrega del Festival FERNE.  

En esta ocasión la cita sería en Caracas, en el Centro de Arte Los Galpones, y presentaría un cartel lleno de propuestas innovadoras, incluyendo unas cuantas de factura internacional.

En el caso de Venezuela, ya estábamos familiarizados con los trabajos de Washé (Carlos Conde) y Frontierizo (Enrique Rincón), a quiénes conocimos hace algunos años por su trabajo con EtnoE3 (Etno-eclectic trío) junto a Miguel Noya.

El nombre de estos músicos marabinos, a quiénes habíamos visto también con sus proyectos solistas, siendo responsables además de crear e impulsar esta iniciativa, tuvo bastante peso en nuestra decisión de asistir al evento, sin descartar por supuesto la participación a distancia de músicos extranjeros.

A ellos se sumó también la presencia del también zuliano FCKM4C (Marlon Medina) y de Ricardo Teruel, muy conocido este último en el ámbito de la música académica contemporánea.

Washé inauguró la muestra con un performance dónde fusionó – como ya es costumbre- timbres electrónicos atonales con sonidos étnicos venezolanos, añadiendo para esta ocasión el uso no convencional del gong asiático. El complemento visual de imágenes aéreas nos hizo, literalmente, volar.

Fue junto a Ricardo Teruel (el tercer músico nacional en presentarse) parte de las planteamientos más experimentales del recital.


En el caso de Teruel hubo algunos problemas técnicos que dificultaron su presentación. Una vez solventados, pudimos escuchar dos composiciones vanguardistas, en las cuales se incluyeron muestras sonoras (reproducidas electrónicamente) de objetos sonoros construidos por el mismo, además de sonidos de voces. Todo eso complementado con visuales también de su propia autoría, los cuales fueron creados mediante software libre.

FCKM4C y Frontierizo, por otro lado, mostraron alternativas a medio camino entre el baile y la vanguardia, en un estilo que podríamos catalogar como IDM (Intelligent Dance Music) con tintes étnicos, elemento este último más usual en las composiciones de Frontierizo, quién explota más este recurso al añadir percusión en vivo, samples de instrumentos étnicos wayúu, cuatro venezolano y el uso de una máscara asociada con los diablos de Yare.

En cuanto FCKM4C, éste incorporó también el cuatro, aunque su propuesta contiene elementos más orientados al rock, tales como las texturas atmosféricas de guitarra. En este caso hay más relación con géneros como el krautrock que, por ejemplo, con el heavy metal. Ambos proyectos funcionan muy bien en distintos contextos. Se prestan para la escucha tranquila en una sala de conciertos, pero también podrían sonar sin problemas en una fiesta rave.



Desde afuera

La representación extranjera, proveniente de Alemania y Estonia, no contó con espectáculos en vivo. Pese a ello, el material proyectado fue realizado exclusivamente para el festival, con visuales abstractos bastante trabajados y muy bien sincronizados con la música.

Daniel Brandt, desde tierras germánicas, nos envió una improvisación híbrida con tintes jazzísticos, donde fue acompañado, a la distancia, por un trombonista, mientras ejecutaba instrumentos electrónicos (incluyendo percusión) desde su habitación.

Visualmente se alternaba con imágenes más pictóricas, con pigmentos de colores mezclándose. El resultado sonoro es similar al de la agrupación Brandt, Brauer & Frick, en la cual Daniel está incluído, y se aleja un poco de Tangerine Dream, la histórica banda en donde el músico teutón también milita.

De la agrupación Brandt, Brauer and Frick también escuchamos a Paul Frick, quién nos saludó desde tierras alemanas y envió un material más orientado a géneros como el techno sin perder, por supuesto, la orientación al riesgo.

Robert Jürjenland, compositor estonio discípulo de Robert Fripp, envió la propuesta más ambient de la velada, cumpliendo a cabalidad el concepto de Brian Eno de crear una música apenas cambiante que se asemejara más a una pintura que a una obra de teatro, siendo concebida más como paisaje que como narración. Algo muy en la onda del filme Empire State (Warhol, 1964) una pieza que no fue creada para su observación pasiva sino para servir de fondo a la audiencia, aunque por supuesto, con el ingrediente sónico y con imágenes menos estáticas.

En conjunto, desde un punto de vista general, se puede decir que el festival FERNE ha estado cumpliendo la titánica labor de mostrar otro tipo de música menos comercial en tiempos de pandemia y crisis política/económica, sin hacer concesiones a fórmulas predecibles. Lo logra además con un montaje de calidad, tanto en la parte visual como en la auditiva, algo muy de agradecer en época de covid, trap y perestroika bananera. Esperamos sinceramente que la labor sea constante y el evento se convierta en tradición en los años posteriores.

domingo, 13 de marzo de 2022

Nuevo álbum de Oksana Linde, pionera de los sintetizadores en Venezuela

 


Oksana Linde pertenece a esa misma estela creativa que iniciaron artistas como Delia Derbyshire, Suzanne Ciani o Laurie Spiegel, pues como ellas supo crear un universo personal a partir de la exploración de los sonidos electrónicos y hacerse de un lugar en un entorno eminentemente masculino. Aquatic and others worlds, es su primer álbum, que recopila piezas electrónicas de sintetizador grabadas entre 1983 y 1989. Nacida en Caracas, Venezuela, en 1948, en el seno de una familia de inmigrantes ucranianos, el trabajo de Oksana Linde se dio a conocer iniciada la década de los 80s, coincidiendo con el surgimiento de una nueva escena de música electrónica de sintetizadores venezolana, con nombres como Ángel Rada, Miguel Noya, Musikautomatika, Vinicio Adames, Oscar Caraballo, Aitor Goyarrola y Jacky Schreiber.

En 1981 y a sus 33 años, Oksana Linde dejó su trabajo como investigadora, debido a afecciones de salud y empezó a dedicar más tiempo a la música y a la pintura. Se hizo un préstamo para adquirir un sintetizador Polymoog, luego una grabadora de carrete abierto Teac, y un Moog Source. Con ese equipo armó su pequeño estudio en casa y empezó a componer sus primeras piezas hacia 1983-1984. Fue ampliando su equipo, adquirió un mezclador de 16 canales, una Roland Tape Echo, una caja de ritmos TR505, un Korg M1, y ya años después un Korg TR88. Entre 1984 y 1986 grabó más de 30 piezas. Entre 1989 y 1996 siguió produciendo otras 30 piezas más, acumulando así un gran archivo que se ha mantenido inédito.


La música de Oksana Linde puede ser intensamente hipnótica y psicodélica pero también melódica y lúdica. Linde programa y toca todos los instrumentos, y desarrolla líneas melódicas que se superponen a loops y secuencias, así como a diversas capas de sonidos reverberantes y flotantes que van y vienen, y establecen siempre una narrativa muy cinematográfica, y muy propia de la tradición de música de sintetizadores.

El trabajo temprano de mujeres en la música electrónica en Latinoamérica es uno de esos ámbitos aún por trabajar a fondo, pero felizmente ya se han iniciado investigaciones. En el ámbito latinoamericano la introducción del sintetizador en las músicas experimentales, progresivas y electrónicas a partir de la década del 70, está asociada casi exclusivamente a figuras masculinas, y es por ello que el trabajo de Oksana Linde adquiere particular relevancia, al erigirse ella misma como una figura que rompe esa hegemonía, y cuya extensa producción la coloca a su vez como una de las más prolíficas y notables exponentes de la música para sintetizador en Latinoamérica. El trabajo de Oksana Linde y la publicación de este álbum brindan una oportunidad de acercarse a un universo de sonidos inesperado, un signo de otra historia que está por escribirse.

 


Compilado por Luis Alvarado. Incluye notas de Oksana Linde, Ale Hop y Luis Alvarado. Edición limitada a 300 copias en vinilo. Arte por René Sánchez.  


Fuente: Nota de prensa del sello Buh Records.

miércoles, 11 de marzo de 2020

Teatros Automáticos: reinterpretando la imagen.




La agrupación caraqueña presentó el primer montaje de su ciclo, Residuos Visuales, en los cuáles música y cine de vanguardia se fusionan con otras artes. Tutmonda Radio estuvo allí el pasado 22 de febrero. 


fotos: Sainma Rada (Escombros Sonoros)



Teníamos muy buenas expectativas acerca de este evento.  Previamente, habíamos presenciado dos montajes del colectivo Teatros Automáticos, en los cuáles se sintetizaban elementos de distintas artes, siempre con el predominio de la música experimental.


Para esta ocasión, la agrupación trabajaría en alianza con la sala de proyección Cine Celarg 3, caracterizada por proyectar películas extranjeras - o de autor - poco convencionales. Todo esto resultaba atractivo para un medio como el nuestro, promotor no sólo de la música, sino también de la diversidad cultural.


Es importante recalcar que si bien, Teatros Automáticos se ha centrado desde el año pasado en el ciclo Escombros Sonoros, sus comienzos están ligados a intervenciones sonoras sobre clásicos del 7mo arte. En aquéllos espectáculos alternativos de sus comienzos fusionaron el performance y la improvisación musical con proyecciones cinematográficas. De alguna manera, esta nueva experiencia titulada Residuos Visuales retomaba los orígenes de esta agrupación artística.



Lo primero que notamos al comenzar la presentación es que no sólo veríamos películas (o fragmentos de las mismas) complementadas con la espontaneidad de un jamming sonoro. Se agregaron, como ya es costumbre, componentes extra como la poesía o el arte corporal.  



Adicionalmente, los espectadores tuvieron que integrarse, quisieran o no, a un montaje escénico en el cual se rompió la barrera entre artistas y audiencia, jugando no sólo con la imagen y el sonido, sino también con la oscuridad y el silencio.




Respecto al público, era inevitable pensar en las características del mismo: gente muy variopinta, de distintas tendencias y distintas edades. Particularmente llamó la atención un poco la asistencia de adultos mayores, asiduos, seguramente, a visualizar filmes de Kubrick o de Buñuel, pero ajenos a la música y a otras artes de vanguardia. Una audiencia que se salía un poco de su zona de confort,  junto a músicos, actores o bailarinas que también se salían de su zona de confort.


Al comienzo vimos imágenes manipuladas de la película Psycho (Psicósis) de Alfred Hitchcock, mientras escuchábamos un cristalino arpegio de guitarra, ejecutado en vivo. Fuimos recibidos por mujeres cubiertas de tela hasta el rostro, ubicadas estratégicamente en diversos puntos de la sala, la cual, a oscuras, las hacía ver espectrales.  Sus voces, que parecían provenir de ultratumba, recitaban poemas improvisados (inspirados en la argentina Alejandra Pizarnik). Mientras tanto, alguien danzaba frente a la pantalla.



No estábamos ahí sólo para contemplar una pared con cuadros en movimiento. Nuestro rol, como espectadores, no era exactamente el de un público pasivo.


De Hitchcock pasamos a cineastas más exóticos, distantes tanto en lo geográfico como en lo temporal. Se mostraron fragmentos de cintas de Japón, Francia, la antigua Checoslovaquia y hasta Mauritania, editados y procesados, en una especie de “remix” audiovisual, los cuáles, para efectos del montaje, fueron definidos como “reapropiaciones”.  


Todas esas piezas, pertenecientes originalmente a cineastas como Godard, y a otros menos conocidos como Sissako, fueron adornadas con los ruidos eléctricos y los sonidos sintéticos generados por  audio-artistas como Ezequiel Pizzani, Alvaro Partidas, Zigmunt Cedinsky o Job Tajha.


Al aporte de estos artistas sonoros debemos añadir también la contribución de Cybele Peña (Corales), quien, con ayuda de sus teclas, aportó algo más de música en el sentido tradicional de la palabra, pisando, simultáneamente, terrenos tanto del pop como de la vanguardia sónica.


No podemos obviar la relevancia de un amplio equipo escénico, entre los cuáles podemos destacar a la artista Anahís Monges (quién no sólo hace performance, sino que es además responsable de la dirección general en varias de las piezas) y el actor Rafael Jiménez, cuyas capacidades histriónicas fácilmente pueden ser aprovechables para facetas como la música o el canto.


Destacable también la capacidad multidisciplinar dentro de un equipo multidisciplinar. Parte de los integrantes de esta agrupación artística no se encasillan en un rol específico, empezando por Zigmunt Cedinksy, quién, siendo cineasta, se involucra también en áreas como el sonido o la dramaturgia.



Lo mismo podemos decir de Alvaro Partidas, cuya faceta de artista audiovisual desconocíamos, y pudimos apreciar en su performance Todos estamos locos, basado en el filme nipón Una página de locura, del realizador Teinosuke Kinugasa. Incluso Cybele Peña, a quién ya nombramos, y conocemos muy bien como artista musical,  participa también como artista de performace y re-creadora audiovisual.


Esta reseña, no obstante, puede quedar injustamente incompleta si obviamos el aporte de otros miembros de Teatros Automáticos.  Saima Rada, Sofia Meléndez e Inés Pérez-Wilke también aportan lo suyo dentro del arte corporal. En cuanto al aspecto audiovisual, están las colaboraciones de Daniela Alfonsina, así como personalidades foráneas que integran también este colectivo, tales como Teo McQuinn (Argentina), Edmundo Reis (Brasil) y Eva Sinclair (EE.UU).


Tomando en cuenta que esta primera experiencia en el CELARG fue exitosa en cuánto convocatoria, esperamos vuelva a repetirse. Nosotros, como siempre, estaremos haciendo lo posible por divulgar información sobre cualquiera de las próximas presentaciones.



miércoles, 11 de diciembre de 2019

Escombros Sonoros: improvisación y disonancia.



Escombros Sonoros es un ciclo dedicado al performance y la música de vanguardia. Tutmonda estuvo en la tercera sesión de esta serie de eventos, caracterizada, como siempre, por la espontaneidad de sus propuestas.




Insolación (Zigmunt Cedinsky, 2019)


Algo interesante está ocurriendo en Caracas.




Todo empezó hace unos meses - o quizás unos cuantos años - cuando un grupo de artistas, liderados por el cineasta, y creador multifacético, Zigmunt Cedinsky, comenzaron a mezclar, en un solo evento, diversas manifestaciones culturales.


Así, empezaron a escenificarse montajes en los cuáles se fusionaron el arte corporal, la vanguardia sonora, la poesía y los recursos audiovisuales, siempre con un elemento común: la improvisación.


Heysell Leal/Job Tajha (Improvisación libre, 2019)
Escombros Sonoros deriva de Teatros Automáticos, colectivo de artes escénicas nacido a principios de siglo, que tiene, en su currículum, experiencias como las Intervenciones sonoras en 35 mm, las cuáles, tal como indica su nombre, se basan en la ejecución de música experimental en vivo, y de forma espontánea, sobre clásicos del 7mo arte.


El ciclo Escombros Sonoros es la propuesta más reciente de este colectivo artístico. Se enfoca más en la experiencia auditiva, aunque sigue conservando elementos como la danza o la lírica poética. Lo audiovisual pasa a segundo plano, y es usado sólo ocasionalmente.

Las primeras experiencias

El primer evento del ciclo Escombros Sonoros se llevó a cabo en agosto de este año, en un teatro de Parque Central. El cartel anunciaba ya lo que sería una constante en ediciones posteriores: la comunión de géneros como el blues y el jazz, caracterizados de por si por la espontaneidad, con cierta experimentación sónica vanguardista (y eléctrica), heredada de movimientos como el futurismo italiano o de músicos como John Cage.


Dos meses después, tras el éxito de la primera edición, se realizó un segundo encuentro, añadiéndose, en aquélla ocasión, ingredientes que se repetirían posteriormente, tales como la poesía y el performance.


Estos componentes escénicos se repetirían en la tercera entrega del ciclo, y prometen ser una constante en próximas presentaciones.



Adrián Arias Pomontty (Performance poética, 2019)
Escombros Sonoros 3

Para el tercer capítulo de la muestra, se escogió un sitio más grande, quizá algo controvertido en tiempos de polarización política, aunque perfecto como locación: el centro cultural Casino CCS, ubicado, tal como indica su nombre, en una antigua casa de apuestas y juegos de azar.  Nada queda de aquel ambiente relacionado con las ruletas o las máquinas traganíqueles, excepto, por supuesto, su estructura arquitectónica original.


Aunque la convocatoria estaba pautada para las 3 pm, no fue hasta más de una hora después en la que el acontecimiento realmente comenzó.



Adrián Arias Pomontty (Performance poética, 2019)
Su inicio se dio con tres montajes en la terraza del recinto, escenario que resultó tan insólito cómo interesante.


No pudimos evitar recordar algunos episodios de la historia del rock, como aquel célebre concierto de despedida de The Beatles en el tejado del edificio Apple Corps, cuando los cuatro de Liverpool (pese a lo melodiosas de sus canciones) vieron interrumpido su recital gracias a una intervención policial.


Pero Caracas es una ciudad muy bulliciosa. El ruido de las guitarras disonantes pasa desapercibido por culpa de factores como los vehículos automotores o el reggaetón de los buhoneros. Es una metrópolis tan ruidosa como el Detroit de Iggy Pop.


Fue precisamente sobre el tejado donde hubo mayor presencia de ingredientes escénicos. Elementos como los ductos de aire acondicionado, así como una inusitada rampa patinetera sirvieron de soporte para que Heysell Leal y Anahís Monges (artistas de danza y performance) hicieran movimientos corpóreos, en sintonía con las frecuencias auditivas.


Inicialmente sonaron dos guitarras, a cargo de Alvaro Partidas y Job Tahja, con frecuencias por un lado producto del azar, y por el otro, producto de un dominio consciente en el arte de hacer ruido. Más allá de alguna que otra variante, ese tipo de sonoridad, nacida cuando el punk redescubrió las vanguardias musicales del siglo XX, fue la que predominó en el resto de la velada.


Marek Jan Wesolowski (Improblues, 2019)
A ese cóctel de sonoridades eléctricas se unieron las secuencias y samples de Juan Ávila (Juan5Miedo) y el mismo Zigmunt Cedinsky, quienes incluyeron esos “beats” de una manera poco convencional, alejados de cualquier referencia a la electrónica de discoteca.


Fue precisamente Zigmunt Cedinsky, el organizador, quién cerró este primer acto, con un performance titulado Insolación, para el cual contó con la colaboración de Sainma Rada. Posteriormente Zigmunt intervendría en otra de las presentaciones.


Escenario 2: Tarima interna


El resto de la jornada transcurrió dentro de un espacio más cerrado, y se extendió hasta el anochecer. Inicialmente comenzó con dos propuestas más centradas en la poesía, y curiosamente, vinculadas con lo tecnológico y lo científico. Adrián Arias (Guachimán) recitó un poema llena de analogías cibernéticas y pensamientos sobre la materia. Su rostro, enmarcado dentro de un monitor de computadora, reforzaba su texto.


Giuliano Salvatore, por otra parte, mostró algo un poco más denso, más parecido a una conferencia sobre biología, respaldado por imágenes de células o micro organismos. Una charla que se dio mientras sonaban las notas disonantes de una guitarra electrificada.



Pablo García (Improjazz, 2019)
Posteriormente vino el momento del blues y del jazz. Marek  Wesolowski, conocido multi-instrumentista, acompañó la representación escénica de Rafael Jiménez. Entre ambos deconstruyeron el blues, sacándolo de sus escalas y acordes convencionales, reduciéndolo a gritos y sonidos eléctricos viscerales, obtenidos estos últimos gracias a una guitarra hawaiana distorsionada. Todo eso mientras Jiménez hacía gestos y movimientos corporales acordes a la experiencia sonora.


Pablo García, saxofonista de free-jazz, continuó con una improvisación acompañada del bajo de Job Thaja, quien ya había participado en dos de las propuestas anteriores, aunque como guitarrista. Sonó bastante experimental, como un cruce entre John Coltrane o el material más atípico de Jaco Pastorius. Una puesta en escena en la cual, a pesar del rudio, hubo también mucha técnica instrumental, muy en la onda del jazz de vanguardia.


La clausura estuvo a cargo de Juan5Miedo, quién se encargó de crear una atmósfera psicodélica, utilizando guitarra, sintetizador y algo de secuencias electrónicas. Con el apoyo de los visuales de LITH10, creó una verdadera burbuja sonora dentro de la cual sumergió al público asistente.

Rafael Jiménez (Improblues, 2019)

Próximos eventos


Tras tres convocatorias, Escombros Sonoros ha encontrado una recepción bastante positiva, y promete repetirse indefinidamente para 2020.  La última presentación de este año está pautada para el viernes 13 de diciembre, a las 4pm, en Casino CCS, y tiene un costo de 2$ (o su equivalente en moneda local).


Para quienes asistan por primera vez al recinto, pueden llegar hasta la avenida Urdaneta, a la altura de la Candelaria, y buscar el edificio que está frente al Banco Exterior. Quienes se movilicen a pie, pueden llegar fácilmente desde la estación del metro Parque Carabobo.